Les recomiendo leer un anticipo del que será el próximo libro de Molinas y cuya publicación está prevista para el año que viene, escrito con el desparpajo y la lucidez de siempre. Léanlo, si les apetece entender algo mejor los achaques del sistema. Ahí va el enlace.
http://politica.elpais.com/politica/2012/09/08/actualidad/1347129185_745267.html
Aquí se ofrece una visión panorámica de la realidad apoyada en buenas razones, con las limitaciones inherentes a la miopía, la presbicia y la visión monofocal que padece esta humilde alondra. // Aquí s’ofereix una visió panoràmica de la realitat recolzada en bones raons, amb les limitacions inherents a la miopia, la presbícia i la visió monofocal que pateix aquesta humil alosa.
dimarts, 11 de setembre del 2012
dijous, 30 d’agost del 2012
NEIL ARMSTRONG in memoriam
“…among the greatest
of American heroes —not just of his time, but of all time. And when Neil
stepped foot on the surface of the moon for the first time, he delivered a
moment of human achievement that will never be forgotten.”
Con estas palabras se refirió el Presidente de los Estados Unidos de América
(EUA), Barack Obama, al recientemente fallecido Neil Armstrong, el astronauta
que se convirtió el 20 de julio de 1969 en el primer ser humano en pisar la
Luna. Quizá pueda parecer una de esas exageraciones a las que son tan proclives
los políticos cuando hablan en público, pero lo que sí es cierto es que Neil Armstrong
encarna y simboliza como pocos la potencia del ingenio y la voluntad humanos.
De lo formidable que fuera el reto de ir a la Luna y lo
inverosímil de su exitosa culminación no se ha hablado quizá lo bastante, pero
parece ser que las probabilidades de la tripulación se igualaban bastante para
las dos únicas posibilidades que realmente se contemplaban: alcanzar el
objetivo o morir en el empeño. Fifty-fifty,
por decirlo en el idioma de los protagonistas de la misión. Salió bien y ya
nadie parece acordarse de los riesgos que entrañaba al filo de los setenta ─con
unas tecnologías de materiales e informática que distaban muchísimo de las
actuales─ salir de la atmósfera terrestre, viajar más de 400.000 km por el
espacio exterior, alunizar en la superficie de nuestro satélite y salir del
módulo lunar Eagle para dar un paseo
y recoger muestras; luego, despegar de Selene y reunirse con la nave nodriza pilotada
por Collins que se había mantenido en órbita para poder regresar a la Tierra,
donde quedaba lo más difícil de la misión: la entrada en la atmósfera terrestre
a una velocidad meteórica donde la fricción del aire debía frenar la cápsula antes
de su no tan suave caída en paracaídas en algún punto del océano Pacífico. El
riesgo de ignición y desintegración en toda maniobra de reingreso a la
atmósfera es ciertamente muy alto. Sin embargo, todo salió a pedir de boca y
hoy lo recordamos con razón como uno de los mayores logros de la ciencia y la
tecnología que ha desarrollado el ser humano en su periplo por el planeta azul.
Por unos u otros motivos, con suma frecuencia se hace
referencia a ese episodio culminante del siglo XX. En esta ocasión ha sido la luctuosa
noticia de la muerte de Neil Armstrong la que ha vuelto los focos de nuevo
hacia la carrera espacial de los 60. El realismo sobre las causas políticas y
militares que permitieron el acelerón de la Agencia Espacial Norteamericana (NASA,
en sus siglas en inglés) en la competición con la desaparecida Unión Soviética
(URSS) no debería ser óbice para preservar el mérito de la investigación
científica pura, el desarrollo tecnológico y el romanticismo aventurero que
tantas veces ha sido enmascarado por los intereses económicos o estratégicos.
Es cierto que el mayor interés del gobierno de John Fitzgerald Kennedy cuando
se conjuró en 1961 para llegar a la Luna antes de que finalizara la década de
los sesenta era político-militar. Quien dominara los cielos cobraría sin duda
ventaja en la carrera armamentística que comandaban las dos grandes potencias
de la Guerra fría. Y los cielos ya no quedaban acotados en los 100 km de esa
fina película atmosférica que nos permite respirar y nos protege de las
radiaciones cósmicas del exterior. La pequeña sonda soviética Sputnik inició
los vuelos en el espacio exterior y, desde entonces, ya nada volvió a ser
igual. Orbitaron la Tierra naves tripuladas y se fijó la Luna como meta. La
inversión en dinero y talento para lograr ese objetivo tenía que ser descomunal
y sostenida en el tiempo. Esa batalla, ahora lo sabemos, sólo podían ganarla
los EUA. La URSS no disponía de los recursos económicos necesarios (¡hasta el
4,4% del PIB de la primera potencia mundial, se merendó el programa Apollo en algunos momentos!), de la masa
crítica de talentos ni, por qué no decirlo, de la capacidad para conjuntar
todas las piezas en un proyecto ilusionante para una nación entera. Con todos
sus fallos y los demasiado frecuentes casos de manipulación de la opinión
pública y corrupción que exuda el sistema democrático, adolece de las
malformaciones genéticas que caracterizan a los totalitarismos, entre los
cuales ha destacado especialmente el soviético por su extrema dureza y por su
enconada incomprensión de la naturaleza humana. Una dictadura sirve mucho mejor
que una democracia para mandar al matadero del campo de batalla a millones de
soldados, pero no para generar libremente entusiasmo por un proyecto
compartido. Las misiones espaciales constituyen un claro ejemplo de ello.
El programa Apollo
involucró a más de 400.000 personas durante casi una década; prácticamente una
por cada kilómetro que separa la Tierra de la Luna. Cuando Neil Armstrong apoyó
su pie sobre la polvorienta regolita lunar para imprimir su huella indeleble en
ella ejerció de vicario de todo ese ejército de colaboradores necesarios. No
creo que haya habido ningún otro proyecto humano que haya precisado de una tan
alta inversión de intelecto, tecnología y dinero como el programa Apollo. La construcción de las pirámides
en el Antiguo Egipto, que quizá sí implicó a más individuos y por supuesto
durante muchísimas más horas de trabajo que el programa espacial, no precisó ni
mucho menos de la inteligencia, la inventiva y el espíritu resolutivo de
decenas de miles de personas: bastaron unos pocos ingenieros y arquitectos para
diseñarlas y algunos centenares de maestros de obra y artesanos para
realizarlas. La mayor parte de las tal vez decenas de miles de obreros aportó su
mera fuerza bruta y trabajo en el sentido más mecánico. Sin embargo, el
proyecto Apollo precisó de una
ingente cantidad de técnicos altamente especializados.
Parece fuera de toda duda razonable que la punta de lanza
de ese complejo entramado eran los equipos de astronautas. Ellos eran los que arriesgaban
sus vidas para lograr llevar a cabo el objetivo de la misión a cambio de tener
el privilegio de ver la Luna de cerca e incluso de andar por su superficie. El
alto riesgo de muerte que corren los elegidos para la gloria los convierte en
héroes. De hecho, los tres integrantes del equipo Apollo 1 murieron
abrasados en el interior de la cápsula de pruebas, aún en tierra. Ahora bien.
¿Se puede considerar a Neil Armstrong héroe
en mayor medida que a sus compañeros de viaje Buzz Aldrin y Mike Collins? ¿No lo
serían igualmente Aldrin o Collins si hubieran sido ellos y no Armstrong los
designados por el alto mando de la agencia espacial para ser el primero? Estoy
seguro que no fue una elección azarosa. La experiencia de Armstrong en la guerra
de Corea con la US Navy, su formación
como ingeniero aeroespacial y una dilatada práctica como piloto de pruebas en prototipos
supersónicos lo colocaron en disposición de ser el líder de la expedición. A
diferencia de sus dos compañeros de viaje, no era militar; quizá su condición
de civil a sueldo de la NASA contribuyera a inclinar la balanza en su favor. La
toma de decisiones difíciles con rapidez y responsabilidad exige autoridad
moral sobre el grupo y parece que Armstrong la tenía. Sólo algún infortunado
avatar ─para él, no para quien fuera el encargado de suplirlo─ habría hecho
introducir cambios en los planes iniciales. Pero los avatares ocurren, como
todos sabemos muy bien.
Podría aducirse algo que parecería reducir la dimensión heroica
de los astronautas. A diferencia de otros héroes, como puedan ser guerreros o exploradores
─y quizá por la naturaleza misma de lo que exploran─ toman parte en un
proyecto; pero no es su proyecto: no lo dirigen, no lo animan y ni siquiera lo
idearon. Los astronautas son la parte más visible y vistosa, por lo menos la
parte humana más eminente. Los
enormes cohetes Saturno ideados por Wernher von Braun (sí, el mismo ingeniero
aeronáutico alemán que había diseñado las bombas volantes V-2 para Hitler) son
mucho más aparatosos, pero nadie cuerdo se identificaría con un cohete mientras
que sí lo haría ─en realidad, lo hemos hecho todos─ con nuestros héroes de
carne y hueso. Sin esos cohetes de más de 100 m de altura no hubiera sido
posible conseguir la aceleración necesaria para escapar de la gravedad
terrestre, y parece ser que sin el concurso de Von Braun no se hubiera logrado
construirlos; por lo menos, no entonces. En fin, por más méritos que se le
quiera reconocer a Armstrong, es posible que cualquiera de los otros treinta y un
astronautas seleccionados y entrenados en el programa Apollo estuviera tan capacitado e ilusionado como él para llevar a buen
puerto la misión… con aproximadamente las mismas probabilidades de éxito: sobre
el 50%, según dicen. Pero fue él el designado y eso debe bastarnos.
Tomemos como contraejemplo para testar la heroicidad de
Armstrong el caso de Cristóbal Colón, primer navegante ─al menos, el primero del
que tengamos noticia─ que llegó al continente que se conocería unos años
después como América y luego volvió para contarlo. Decimos, para simplificar,
que Colón descubrió América. (La frase tiene retranca, desde luego, pero no me
voy a centrar ahora en las mistificaciones que encierra.) Lo que quiero
resaltar es que Colón, de quien no se conoce a ciencia cierta la nacionalidad,
ciudadanía o procedencia ─a diferencia de Armstrong, nacido en Ohio y descendiente
de escoceses y alemanes; norteamericano de pura cepa, vamos─, sí ideó, animó y
dirigió su proyecto. Colón, ya fuera genovés, catalán o griego, tuvo una visión:
“se puede llegar al este navegando hacia el oeste” o, lo que viene a ser lo
mismo, dispuso de la información reservada necesaria para vislumbrarla. Para
llevar a cabo la expedición, buscó financiación con ahínco en los reinos de su
época más proclives a dársela. La Corona de Castilla decidió arriesgarse e
invertir en el viaje y Colón pudo adentrarse en el Atlántico con tres naves enfilando
el ocaso en busca de la tierra del sol naciente. Bien, sin el empeño de Colón,
la expedición a América no hubiera tenido lugar; no en ese momento, al menos.
Sin Armstrong, en cambio, otro pie hubiera pisado la Luna seguramente en el
mismo instante en que lo hizo el suyo. Algo análogo al caso de Colón ocurre con
Alejandro Magno y la fundación de su imperio o con Martin Luther King y Nelson
Mandela en la lucha contra el apartheid. Todos son héroes en un sentido mucho
más propio que Armstrong, puesto que de su espíritu emana la fuerza de su misión.
No obstante, sea o no un héroe, lo que Armstrong tuvo
ocasión de hacer con 38 años fue realizar el sueño que miles de millones de
seres humanos (y no sé si incluso de otros animales) han anhelado a lo largo de
milenios. Él tuvo la oportunidad y supo estar a la altura (nunca mejor dicho)
de ser el primero en hollar la Luna. El primero que nosotros sepamos; y en un
sentido (aquí, ¡sí!) mucho más propio que Colón en las Indias occidentales.
Desde mi infancia, cuando viví ese intenso y emotivo momento en directo con
extraña lucidez y plena consciencia de estar contemplando un hito histórico, no
he podido mirar jamás la Luna sin pensar en las huellas y restos de nuestra
presencia que aloja. Y muy en particular en la archifamosa imagen, divulgada
por doquier, de la primera pisada de Armstrong. No parece justo que los otros diez seres humanos que han caminado sobre la Luna después de Armstrong y Aldrin, en cinco misiones
exitosas de las seis que siguieron al Apollo 11 (falló la 13, ¡vaya por Dios!),
no gocen ni remotamente de la fama del pionero. ¡Ni siquiera su
compañero de cordada Buzz Aldrin, quien se apeó del módulo apenas unos minutos
después que Armstrong! Pero así son las cosas en el mundo de la alta
competición. Recordemos que, en el fondo, se trataba de una carrera… aunque fuera
espacial. Por no decir lo desdichados que nos parecen a su lado los otros doce
astronautas agraciados con el viaje alucinante y que han orbitado la Luna. Los
pobres tuvieron que resignarse a verla desde unos pocos
quilómetros de altura. ¡Pero hombre!, si posaron sus ojos sobre el rostro
oculto de Diana. ¡¿Cómo que tuvieron que
resignarse?!
Sean o no esos astronautas unos héroes, ¿saben qué pienso
en realidad? ¡Quién fuera uno de ellos!
diumenge, 22 d’abril del 2012
El elefante blanco
Ha
ocurrido algo esta semana que ha logrado relegar a un segundo plano la
información sobre la grave crisis económica que sacude a España. Ni siquiera la
expropiación de YPF a Repsol por parte del Gobierno de la República Argentina
ha tenido toda la atención que hubiera merecido en otro momento. No es que el
asunto del Cono Sur sea baladí, ¡qué va! Aunque Repsol sea una empresa privada,
representa los intereses de España en materia energética y es una petrolera de
referencia incluso en Europa. Sus inversiones en Argentina no son moco de pavo,
como muestra el artículo de Ignacio Vidal-Folch Repsol, ¿fiera predadora?, que aporta cifras al respecto que
proceden ─¡atención!─ del Instituto Argentino del Petróleo y del Gas (IAPG). No
parece que Cristina Fernández de Kirchner las haya tenido muy en cuenta, a la
hora de tomar su decisión. De cualquier modo, no es mi intención defender a una
multinacional de los combustibles fósiles ni atacar al Gobierno argentino. Por
agresiva que haya sido la acción ejecutada contra Repsol y por más dudosa que
nos parezca desde el punto de vista jurídico, estoy seguro de que aquel
gobierno tendrá sus motivos. No sé cuáles son en realidad, ni si se ajustan a
derecho, ni si los compartiría en el caso de conocerlos; pero los tendrá. Si
no, no lo habría hecho. En unos años, veremos que dice al respecto el Centro
Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), una
institución del Banco Mundial con sede en Washington que es el organismo creado
para arbitrar ese tipo de cuestiones. Me temo que en este caso, como en casi todo, es
inevitable que cada uno arrime el ascua a su sardina y, así como los argentinos
tienden a apoyar a su Presidenta o por lo menos a ser comprensivos con sus
decisiones, los españoles se inclinan mayoritariamente por condenar la acción y
al Gobierno de Buenos Aires en pleno. Aunque no secunden a Rajoy ni a su
equipo. Las banderas deben pesar lo suyo, porque si ambos países pudieran
intercambiar los yacimientos y las empresas, seguramente las opiniones mudarían
al mismo tiempo y en el mismo sentido, ¿no les parece?
Dejemos
tranquilos por ahora a los Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), pero
sigamos en el hemisferio austral. La noticia bomba de la semana nos llegó de
Botsuana, uno de los países más meridionales del continente africano. Hasta
allí se había desplazado nuestro Rey para practicar uno de sus deportes
favoritos: la caza mayor. ¿Y qué es lo mayor que se puede cazar sobre la
tierra? Pues un elefante, efectivamente. Un elefante con su larga trompa y un
buen par de colmillos bien merece un vuelo de casi 10.000 km. ¿Verdad? Por
supuesto que el Rey de España no es el único aficionado del planeta a cazar
elefantes, leones, búfalos, rinocerontes, osos, tiburones, renos o lo que se
tercie pero que sea grande, muy grande. Y si tiene cuernos o grandes colmillos,
mejor que mejor. Hay docenas de personas en el mundo, centenares o miles quizá,
que comparten ese aguerrido hobby. De lo contrario, no existirían empresas que
organizaran safaris para abatir fieras salvajes. Ya se sabe, aunque sólo sea
por las películas y documentales, que se precisan medios materiales, expertos
guías de campo, buenos hoteles con toda clase de servicios de lujo, aeropuertos
cercanos y entretenimiento para las horas o días en los que no es posible
cazar. No es difícil conseguir estas cosas si se dispone del dinero necesario,
y la gente que acude a esos sitios no suele tener problemas de liquidez.
Pero
resulta además que Nuestra Majestad viajó invitado ─parece ser─ por un magnate sirio con buenos contactos en el Golfo pérsico (siempre me ha llamado la atención el parecido de
las voces 'magnate' y 'mangante'; y lo de golfo, por más pérsico que sea,
también tiene lo suyo). Así que Don Juan Carlos no lo pagó de su bolsillo (ni
del nuestro, parece ser). Lo de la repatriación ya debe ser otra cosa, nos
digan lo que nos digan, por comprensibles razones de urgencia y seguridad. Pero
no creo que el problema sea este gasto concreto que, incluso siendo elevado, es
más bien insignificante en el cómputo general de los presupuestos del Estado.
El problema es realmente otro, y por eso ha causado conmoción la noticia del
accidente cinegético del Rey Juan Carlos I. El problema real es: ¿qué hacía el
Rey cazando en África en unos momentos como los que España está viviendo? No
hay respuesta que pueda esquivar la certeza de que la excursión fue una
imprudencia temeraria. Y esa grave imprudencia, a diferencia de los frecuentes
deslices que ha cometido el Rey durante su reinado, le puede costar muy cara.
Su buen hacer el 23 de febrero de 1981 (aunque no todo sean luces sobre lo que
realmente ocurrió esa noche aciaga en la Zarzuela) le dio crédito suficiente
durante tres largas décadas, pero los errores se acumulan y parece que su aura está
llegando al punto de saturación a pasos agigantados.
Desde mi
punto de vista, la imprudencia no consiste tanto en la actividad que estaba
ejercitando como en el hecho de ausentarse del país para un viaje privado de
placer (sí, de placer, puesto que cazar le da placer, al igual que a muchos
otros cazadores) con la que está cayendo dentro y fuera de la Zarzuela. Sé que
lo políticamente correcto es ser animalista y, por tanto, condenar la caza
mayor y la menor, así como cualquier
trato a los animales que les cause sufrimiento o dolor. Pero, aunque yo no sea
cazador y aún me remuerda la conciencia por los pajaritos que maté de niño con
mi escopeta de aire comprimido, entiendo que haya mucha gente que sienta la
llamada del monte, de la selva o del mar como la sintieron nuestros antepasados
predadores durante decenas de milenios. La caza fue, antes que un deporte, una
necesidad vital para nuestra especie de animales carnívoros. El filósofo Jesús
Mosterín, a quien leo con interés y respeto como pensador, publicó un artículo
muy duro sobre el Rey, la caza y las armas titulado La real gana de matar. Con algunos puntos del escrito estoy de
acuerdo y con otros, no. Con la caza me ocurre como con los toros: no me gusta
el espectáculo taurino ni lo sigo; como no me gusta la caza y, en consecuencia,
no soy cazador. No obstante, entiendo que haya gente que disfrute con esas
actividades y respeto sus gustos y sus prácticas. Y puesto que los espectáculos
taurinos y las prácticas cinegéticas están regulados por las leyes, con no
tomar parte yo, me basta.
Al margen
de sus gustos y de los objetos o actividades en los que los encuentre, el Rey
fue terriblemente imprudente por irse de viaje de placer. Daría lo mismo que se
hubiera marchado a esquiar a los Alpes suizos. Eso es todo. Y no es poco. La
Familia Real está en el disparadero por muchos motivos. El más grave, sin duda,
el asunto judicial en el que está envuelto su yerno, Iñaki Urdangarín, por
mezclar los negocios privados con las arcas públicas. El papel del Monarca se
hizo creíble cuando trascendió que años atrás había desterrado familiarmente a
Urdangarín, aunque fuera en el exilio dorado de una sinecura ofrecida por
Telefónica en Washington DC. Pero de todos modos, y casi tangencialmente, las
actividades del yernísimo han salido a la luz. Flaco favor le ha hecho a la
Corona, que cuenta con enemigos poderosos en nuestro país. Uno, que no es
monárquico, como no es taurino ni animalista, siente grima ante algunos de los
que quisieran un cambio en la forma de estado (por descarte, no queda otra que
llamarlos republicanos). Juan Carlos me es mucho más simpático que la mayoría
de ellos, aunque sea un viva la virgen de mucho cuidado y ostente el cetro con
la legitimidad demediada desde que lo empuñara en 1975. Entendámonos: haber
sido designado sucesor por el Caudillo, no es la mejor carta de presentación.
Si la Casa
Real no actúa con cordura y buen criterio, lo que se va a debatir en breve es
si España quiere ser un Reino o una República. El argumento económico no tiene
demasiado peso, aunque el presupuesto de la Casa del Presidente de la República
pudiera ser sensiblemente más bajo que el de la extensísima Familia Real. Si
bien parece cierto que la Sangre azul no cotiza en la bolsa de valores del
siglo XXI, también es verdad que algunos de los países desarrollados más cultos
y prósperos en la actualidad siguen siendo monarquías. Véase el caso de las
admiradas y envidiadas Holanda, Suecia y Dinamarca, el de la todavía gran
potencia mundial Gran Bretaña y el de Noruega, la nación líder hoy, y durante
años, de la clasificación de países según el Índice de Desarrollo Humano (IDH).
Al margen de su supuesto anacronismo, una buena razón argüida por los
monárquicos era que los Reyes contemporáneos habían sido entrenados para
ejercer la Jefatura del Estado en democracia desde la cuna, mientras que
cualquiera puede llegar a ser Presidente de la República en unas elecciones
libres. Algunos, y no sólo los antimonárquicos, creemos que lo primero falla
muchas veces y, aunque lo segundo pueda ser cierto (véase el caso del último
Presidente alemán dimitido o el de Rusia, Venezuela y Cuba, entre muchos
otros), las personas que ejercen la presidencia de una república suelen gozar
de un amplio consenso. El Rey de España acaba de ponérselo en bandeja de plata
a sus enemigos. ¿Sabrán los republicanos sacarle provecho a esta ocasión de oro
sin recurrir a argumentos soeces o a un populismo trasnochado y más propio de
otras latitudes? Pronto lo sabremos. De todos modos, por si el Rey se hubiera
convertido ya en un elefante blanco,
Felipe de Borbón debería ir preparándose para el relevo.
dijous, 12 d’abril del 2012
JOAN MAJÓ, una opinió que pesa
Sempre val la pena llegir els articles d'opinió de Joan Majó. És un home que, tant per la intel·ligència i la formació que té com pels càrrecs que ha desenvolupat, disposa de les eines adequades per fer una bona anàlisi de la realitat política i opinar amb molt profit per al lector.
Us recomano que llegiu l'article Presupuestos 2012: unos errores y un engaño, publicat l'11/04/12 a EL PAÍS.
diumenge, 8 d’abril del 2012
Electrónico o no, un libro es un libro
Varios medios de comunicación se han hecho eco en el primer trimestre del presente año de los estudios de mercado que parecen indicar que en España no acaban de arrancar los eBooks, libros digitales o libros electrónicos. Se adquieren pocos aparatos lectores y aún son menos los libros que se compran en formato digital (para evitar confusiones, propongo denominar ‘libros electrónicos’ ─LE─ a los aparatos y ‘libros digitales’ ─LD─ a los contenidos; seguiré esta denominación en lo sucesivo). ¡Menuda sorpresa me he llevado! Y yo que creía que en ese campo, como en tantos otros de la electrónica de consumo, estábamos a la vanguardia del mundo mundial. Porque es bien sabido que nuestro país suele ser pionero en el consumo de todo tipo de gadgets o artilugios electrónicos. Sin embargo, ¿por qué nos resistimos al libro electrónico? Veamos:
En primer lugar, es cierto que tenemos la gran suerte de vivir en uno de los países del mundo con mayor consumo per cápita de Game Boy, PlayStation, Wii, iPod, iPhone, iPad, BlackBerry o cualquier cacharro electrónico que surja. Si los teléfonos inteligentes y las tabletas se han impuesto a los PC ha sido porque lo que la mayoría de los usuarios pretende de ellos es que le suministren entretenimiento: sacar fotos, escuchar música, jugar, chatear, navegar por Internet, visitar los muros de Facebook y twittear. Quienes necesitan el ordenador para trabajar ─como es el caso de los usuarios de programas de edición de textos, cálculo, diseño arquitectónico, bases de datos, composición musical, dibujo, etc.─ no pueden prescindir del PC o del Mac en sus más variados tamaños y prestaciones. Portátiles o de sobremesa, los ordenadores son insustituibles por tabletas y teléfonos móviles. No sabemos lo que está por venir pero, al menos por ahora, los ordenadores clásicos siguen siendo imprescindibles.
Se puede vivir y trabajar perfectamente sin Facebook ni Twitter, pero ya no sin Internet. Como se puede vivir razonablemente bien sin muchos de los electrodomésticos que invaden nuestras casas, pero ya no sin electricidad. No cabe argüir falazmente “bien que sobrevivieron nuestros antepasados sin electricidad durante la mayor parte de la historia”. Cierto, pero no vivían como nosotros lo hacemos. Y si podemos vivir así es, entre otras razones, porque hemos electrificado el mundo. Internet tiene pocos años de existencia y, no obstante, ha conseguido erigirse en una de nuestras principales señas de identidad cultural. Para lo bueno y para lo malo. Potencialmente, la red permite hacer muchísimas cosas; ahora bien, lo que hagamos en y con ella es cosa nuestra, de cada uno de nosotros.
En segundo lugar, tenemos también la terrible fortuna de que opere desde las mallas internáuticas de nuestro país una de las germanías de piratas más activas del planeta. En román paladino: pagamos por las máquinas, pero pirateamos los contenidos. Y además a gran escala. Sugiero que analicemos cuál es la esencia del libro electrónico para ver si logramos esclarecer el misterio de su impopularidad.
Un libro electrónico es un libro que, en lugar de ofrecer palabras y oraciones formadas por caracteres impresos en una página de papel, representa esos mismos caracteres sobre una pantalla con un sistema llamado ‘de tinta electrónica’. A diferencia de las pantallas de cristal líquido que incorporan los ordenadores, tabletas y televisores, las de los libros electrónicos no proyectan luz. Para poder leer en ellas, hace falta una fuente de luz, ya sea natural o artificial. Sin iluminación ambiental, no hay lectura. Eso, que podría parecer inicialmente una desventaja, es su mayor logro, puesto que garantiza que se pueda leer el mismo tiempo en un libro digital que en uno de carne y hueso (perdón, de papel). Los ojos no se fatigan al recorrer las líneas en un LE, mientras que sí lo hacen ante la pantalla de las tabletas o los ordenadores. Quien haya tenido que leer largo rato de la pantalla de uno de los dispositivos mencionados sabe perfectamente a qué me refiero. Con el LE, eso no ocurre. Además, un mismo aparato sirve para leer tantos LD como se le carguen. Las baterías son de muy larga duración, ya que el consumo energético del LE es insignificante. Se pueden leer varias obras de mediana extensión en el LD antes de que su batería precise una recarga, doy fe.
Ahora bien, ¿de dónde provienen los contenidos, es decir, las obras que se leen en los LE? Pues de las librerías. Igual que los libros de papel, ¿de dónde, sino? Solo que los LD se venden telemáticamente en librerías accesibles a través de la red. Su compra es un poco engorrosa la primera vez, a causa de los protocolos que hay que seguir y los programas que es preciso instalar para evitar en lo posible las descargas ilegales (o legales pero reiteradas, para poder así leerlos en distintos LE). Es cierto que hay libros digitales gratuitos y que se pueden descargar limpiamente. Son aquéllos para los cuales han caducado los derechos de la propiedad intelectual. Pero en lengua castellana existen muy pocos (en catalán, muchos menos) porque alguien se habría tenido que encargar previamente de digitalizarlos y eso hubiera costado una inversión en tiempo y dinero. En inglés, en cambio, hay miles y miles gracias a la labor de escaneado masivo sufragada por la empresa Google, si mal no lo recuerdo.
Los libros escritos en estos últimos años están todos digitalizados pero, a pesar de ello, no todas las obras que se publican salen a la venta en formato electrónico (lo sé porque he buscado infructuosamente algunas obras recientes). Es de suponer que las editoriales ─quizá a instancias de los propios autores─ no los sacan por miedo a la piratería porque, de no ser así, no se entendería que renunciaran a unos beneficios que quizá sean modestos pero están exentos de cualquier riesgo inversor. El precio de un libro digital suele oscilar entre los 8 y los 12€ (es decir, son entre 6 y 10€ más baratos que los de papel). Si no hay gastos materiales de consideración (se ahorra el coste del papel, la tinta, el embalaje, el transporte y la distribución; ¡más el porcentaje de los libreros!) y el autor se lleva un 25%, parece que la editorial se queda con una buena tajada incluso después de pagar los correspondientes impuestos al estado (el IVA aplicable parece que será pronto del 4%). En cualquier caso, y con unos precios que son claramente reducibles, comprando libros digitales el lector ahorra dinero, peso y volumen. Digo el lector; para el bibliófilo no hay consuelo. Pero ésa es otra historia.
Y bien, ¿se entiende ahora porque en España no se impone el libro electrónico ni se venden libros digitales? Pues por las tres razones que siguen, efectivamente:
- Porque, a diferencia de los de papel, los libros digitales sólo sirven para ser leídos. Puesto que todo indica que en nuestro país se leen muchos menos libros que los que son adquiridos, quizá aún se compren libros para prestigiar al tenedor. Si los LD ni siquiera sirven para vestir las paredes de una estancia, ¿para qué van a comprarlos los que no tengan intención de leerlos?
- Porque los LE son los mejores aparatos únicamente para leer; para cualquier otra aplicación, los artilugios rivales los superan con creces.
- Porque nos hemos acostumbrado a no pagar por los contenidos digitalizados. Creemos que los libros, como ocurre con la música, no valen nada si no están en un soporte literalmente manipulable, manejable, material. Únicamente estamos predispuestos a pagar por los objetos que tengan masa o por el acceso a actos y lugares: viviendas, coches, comida, tabletas, discos, conciertos y campos de fútbol (aunque no le hacemos ascos a un simpa si se tercia); no lo estamos, sin embargo, para adquirir bienes de consumo intangibles tales como canciones, novelas o programas informáticos. Tal vez crean algunos que detrás de esos bienes no hay el talento, la creatividad, el trabajo y el esfuerzo denodado de muchas personas. Por eso los piratean sin ningún escrúpulo ni atisbo de piedad. De todas formas, no creo que los libros digitales constituyan un blanco predilecto para los bucaneros de las Antillas internáuticas… a no ser que creyeran poder sacar un día algún provecho económico de sus viles prácticas.
RAZONAMIENTO SEMIFORMAL EN CINCO PREMISAS Y UNA CONCLUSIÓN
1. Si en un país no se leen libros, no se leen en papel ni se leen en pantalla.
2. España es un país donde se leen más bien pocos libros
3. Quien compre libros como adorno, dejará de hacerlo cuando no sirvan ya para ese propósito.
4. Los LD no sirven para decorar; luego, si no hay que leerlos, no se compran (ni se piratean)
5. Los LE sólo sirven para leer LD; luego, si no se quiere leer LD, no se compran LE (ni se roban)
├ Por tanto: El libro electrónico no acaba de arrancar en España (QED)
diumenge, 25 de març del 2012
CÉSAR MOLINAS piensa un proyecto para España
A lo largo de los cuatro domingos de este mes de marzo,
el diario EL PAÍS ha publicado en el cuadernillo
de economía Negocios, caracterizado
por el color salmón de sus páginas, una serie integrada por cuatro artículos
del matemático y doctor en economía ─catalán de nacimiento y madrileño de
adopción─ César Molinas Sans. El autor de la serie reflexiona, en estas cuatro
piezas, sobre la situación en la que la crisis ha dejado a España. Para ello, elabora un diagnóstico y ensaya posibles senderos que nos permitan superarla, con una cierta solvencia, en un futuro que Molinas no prevé demasiado inmediato; y sólo cuando el
temporal amaine. El lector interesado disfrutará con su estilo mordaz y su prosa culta
y bien informada. Para la reflexión, aporta sólo los datos justos y las proyecciones
necesarias. Su dilatada experiencia, desempeñando altos cargos en las políticas públicas españolas, asegura que sus pies estén firmemente asentados sobre el suelo.
A continuación, detallo los títulos y los enlaces de los
cuatro artículos semanales más otro inicial que los indexa. Si no los leísteis en
su momento, a la hora consuetudinaria del vermut dominical, podéis hacerlo hoy,
durante la larga y espléndida tarde que nos depara la incipiente primavera.
Dar sentido a las reformas. Un proyecto en cuatro capítulos
1- “España, capital
Madrid” (4/03/12)
2- “Consecuencias
actuales de la Guerra del Peloponeso” (11/03/12)
3- “¿Existe el problema
catalán?” (18/03/12)
4- “I+D+E+i+e” (25/03/12)
dimecres, 21 de març del 2012
Agraïment amb motiu de les primeres 1.000 visites
Benvolguts lectors,
Quan fa dues setmanes vaig obrir el primer bloc a instàncies de la meva dona (pobra, no sabia què feia!), no pensava que tingués tan bona acollida. Com que volia tocar temes diversos i agrupar-los de manera coherent, n'he creat un parell més. Així, en el primer s'opina de temes d'actualitat informativa ('El panòptic de l'alosa'); en el segon, es tracta filosòficament de qüestions diverses ('Quadern filosòfic'); i en el tercer, per fi, s'assaja alguna peça literària menor o s'hi comenten publicacions alienes ('Laboratori literari').
Us estic molt agraït per l'acollida que els heu donat. Més de 1.000 visites en 15 dies de vida són moltes visites per a tres modestos blocs bilingües (o bífids) portats per un autor incògnit. Espero que en endavant us segueixin interessant els escrits que hi penjo i us animeu a col·laborar-hi amb les vostres opinions i comentaris per enriquir-los.
Gràcies i seguim endavant,
Agradecimiento con motivo de las primeras 1.000 visitas
Queridos lectores,
Cuando hace dos semanas abrí el primer blog a instancias de mi mujer (pobre, ¡no sabía lo que se hacía!), no creí que tuviera tan buena acogida. Como quería tocar diversos temas y agruparlos de manera coherente, he creado dos más. Así, en el primero se opina sobre temas de la actualidad informativa ('El panóptico de la alondra'); en el segundo, se tratan filosóficamente cuestiones diversas ('Cuaderno filosófico'); y en el tercero, por fin, se ensaya alguna pieza literaria menor o se comentan publicaciones ajenas ('Laboratorio literario').
Os estoy muy agradecido por la acogida. Más de 1.000 visitas en 15 días de vida son muchas visitas para tres modestos blogs bilingües (o bífidos) llevados por un autor incógnito. Espero que en adelante os sigan interesando los escritos que cuelgo en ellos y os animéis a colaborar con vuestras opiniones y comentarios para enriquecerlos.
Gracias y sigamos adelante,
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