dijous, 27 de setembre del 2012

Artur Mas, el surfista, y la ola independentista


Hubo un tiempo en que a los cracks se los llamaba ases. La denominación no quedaba restringida al mundo del deporte, sino que cubría otros entre los cuales está el que fue hace milenios la fuente de donde surgiría el deporte. El deporte es hoy una profesión, una forma de ocio saludable o un entretenimiento de masas, pero se inició como un conjunto de disciplinas para mantenerse en forma en tiempo de paz o durante las treguas bélicas. En la guerra está el origen del deporte, como sabe cualquiera que se haya deleitado con la lectura de La Ilíada. Realidad que queda delatada además por el lenguaje que utiliza. Hay archifamosos ases de leyenda como el aviador alemán Manfred von Richthofen ─el Barón Rojo─ o el piloto argentino de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio. También el nadador estadounidense de origen austrohúngaro Johnny Weissmüller ─el mejor Tarzán del cine─ fue un as de la natación. Todos ellos serían cracks si hubieran logrado sus proezas hoy.

Pero hoy quiero hablar de ases, no de cracks, no sea que origine un catacrac. ("Catacrac: onomatopeya para representar el ruido que hace algo que se rompe, que cruje, para indicar una ruptura, etc." Diccionari de la Gran Enciclopedia Catalana, DGREC). Me ha inspirado esta reflexión sobre los grandes individuos que surgen de vez en cuando en las tribus humanas la metáfora de la gran ola ─tsunami, tal vez─ con que los medios de comunicación se refieren al revuelo causado por el movimiento independentista catalán.

La ola 

La definición de onda[i] es compleja y abarca muchos campos del saber pero aquí puede servir, por su generalidad, la siguiente sacada del DGREC: "Onda: Forma de energía que se caracteriza por un movimiento vibratorio de partículas en un medio determinado". Hay ondas en la atmósfera, el agua, la tierra e incluso en el espacio interestelar... acaso menos vacío de lo que nos figurábamos. Todo es susceptible de vibrar. Los que somos de litoral, estamos muy familiarizados con las ondas marinas u olas, que pueden ser suaves o más potentes e incluso violentas en un mar picado. En medio del océano, cuando ruge el temporal, las olas se levantan como edificios de muchos pisos, como todos hemos podido ver aunques sólo sea en las películas. También se han popularizado los tsunamis u olas causadas por terremotos submarinos, que son rapidísimas y apenas perceptibles en mar abierto pero se frenan y crecen hasta convertirse en gigantescas y destructivas cuando llegan a la costa.

No sabemos qué tipo de onda oscila en Cataluña, si es un tren cadencioso y regular de olas poco energéticas pero persistentes, si se trata de las olas más violentas de una mar brava o de un tsunami en toda regla. El 11 de Septiembre se vieron muchísimas partículas que vibraban por las calles de Barcelona clamando por la independencia. Tantas y tantas personas particulares como había conformaban una gran masa de gente. No sé por qué se empeñan las administraciones y los periodistas en cuantificar los manifestantes, si no son capaces de ponerse de acuerdo ni en el método de cálculo a aplicar. Mientras no hay ningún interés espurio en hinchar o deshinchar las cifras que indican la participación en un evento, todo el mundo se entiende a la perfección. Se sabe qué significa que había mucha o muchísima gente, o más bien poca, o cuatro gatos o que no había ni dios. Resulta evidente para cualquier observador, aunque lo mire desde la lejanía mesetaria de Madrid, que por las calles de Barcelona había muchísima gente. Sin embargo, nadie sabe si el impulso inicial del movimiento por la independencia se mantendrá, si se reflejará de alguna manera en las urnas el 25 de noviembre, si beneficiará a CiU o a ERC. Lo único que parece claro es que la lluvia de votos no regará los huertos del PSC ni del PP.

Constatamos, por ahora, que se ha originado espontáneamente una gran ola motivada por las vibraciones de la masa social catalana. Las causas profundas de la ola son el sentimiento nacionalista ─muy vivo en Catalunya, aunque no sea necesariamente independentista─ y la fortísima crisis económica que ha agravado las tensiones con el resto de España. Parece posible que la ola crezca; incluso podríamos aventurar que la mayor parte de los surfistas estaban distraídos en la playa porque que no se la esperaban. Ni la Esquerra Republicana de Carod-Rovira, la ERC que más apoyo popular ha logrado después de la transición (500.000 votos), podía soñar que tantísima gente apoyaría la idea del independentismo. ¿Qué ha pasado para que una opción política desde siempre existente pero claramente minoritaria, si se quiere residual, se haya convertido en poco tiempo en una realidad rampante capaz de quitar el sueño a Madrid? ¿Se explica sólo por la crisis económica que, combinada con el déficit fiscal, ha convertido el matrimonio con España en un mal negocio? ¿Había potentes sentimientos larvados en el corazón del pueblo que sólo ahora han podido eclosionar? ¿Es cierto que la generación juvenil de ahora mismo no tiene los escrúpulos y las trabas mentales que enervaban a las anteriores y se desinhibe arrastrando a sus padres a la acción? ¿Tiene este movimiento de masas la energía suficiente para perdurar o se consumirá a toda prisa como por ensalmo? Nadie lo sabe pero, a diferencia de nosotros, los ciudadanos ordinarios, nuestros dirigentes deben tomar posiciones o se arriesgan a ser excluidos del nuevo statu quo.

Desde el 11 de Septiembre han transcurrido ya más de dos semanas. Ha habido políticos y partidos que han tomado posiciones rápidamente y otros que siguen esperando a que las aguas vuelvan a su cauce. Mientras tanto, en el resto de España, se han dado cuenta de que esto va en serio y han reaccionado con una prudencia desacostumbrada. Tanto las grandes fuerzas políticas (PP y PSOE) como los medios de comunicación han sido sorprendentemente comedidos. Algún pardillo o pardilla de vuelo corto pero con mucho poder pretendió inicialmente regañar al pueblo catalán, pero rápidamente le dijeron sus comilitones que no es eso, compañera, no es eso. Las manifestaciones de los pueblos son el resultado de la unión de decenas de miles o de millones de voluntades individuales, y cuando se juntan muchas es difícil hacerles frente. Si, como está pasando, el movimiento no obedece a consignas preparadas por las fuerzas políticas ni ha sido teledirigido desde arriba, sino que más bien brota espontáneamente de la gente y es estructurada por organizaciones cívicas, es difícil de manipular. Hay partidos catalanes, como el PSC, que han sido sorprendidos con el paso cambiado y otros, como ERC, que, sencillamente, están en horas bajas. De hecho, todos los socios que integraron el infausto gobierno tripartito vagan por el desierto del Sinaí esperando a un Moisés que los sitúe en la ruta correcta hacia la tierra de promisión.

El surfista 

Pero hay al menos un político que estaba en situación de jugar fuerte y se ha atrevido a envidar. Artur Mas no se ha limitado a hacer lo que tocaba, no ha optado por lo más fácil, contra lo que la opinión general parece afirmar. De hecho, con esta toma de posición se juega mucho más que nadie. Sus colegas de los otros partidos catalanes más bien se han mantenido a la expectativa, dando por hecho que Mas perderá el equilibrio y será engullido por la ola (una ola que él NO ha generado). En Madrid, si descontamos los órganos de la caverna mediática, lo tienen menos claro que en Barcelona. En el interior de la caverna, ya se están armando por lo que pueda pasar. Existe la creencia de que en Cataluña hay un mar de fondo mucho más profundo de lo que nadie imaginaba. Rubalcaba, haciendo de tripas corazón, ya ha dicho que está dispuesto a pedalear hacia el federalismo Y, lo que son las cosas, si hace cuatro meses todos consideraban un tabú la reforma de la Constitución, ahora lo es menos. ¡Como si no nos hubiéramos dado cuenta de que recientemente la abrieron con nocturnidad y alevosía por orden de Bruselas-Berlín y retocaron o añadieron los artículos que les pidieron sin protestar en absoluto!

No hay nada sagrado en las cosas humanas. Las hacemos y las deshacemos nosotros; las mejoramos tan a menudo como las empeoramos. La perfección no es de este mundo. Seguir vendiéndonos la Constitución del 78, -que nació hipotecada por los que hubieran querido mantener el estado dictatorial tras la muerte de Franco- como el paradigma de las cartas magnas occidentales es una insensatez. Entonces no se pudo haber hecho mucho mejor, en eso estoy de acuerdo, pero no es en absoluto el súmmum de la legislación constitucionalista. La vertebración territorial de España es, sin ir más lejos, claramente mejorable. Parece que ha llegado la hora de restructurar el estado sin poner límite a la voluntad consensuada de los pueblos o de la ciudadanía, como se quiera llamar el conjunto de los habitantes de una unidad territorial capaz de exigir y ejercer la soberanía con responsabilidad. Si una Catalunya independiente es viable económicamente, si la independencia es la mejor salida para superar nuestros problemas actuales, si es conveniente jugar tan fuerte en plena crisis de la Unión Europea, etc. son dudas que se irán aclarando a medida que corra el tiempo y se tomen determinaciones. Lo cierto es que ahora mismo nadie puede responder taxativamente estas preguntas.

En estas condiciones, ¿quién se ha atrevido a cabalgar la ola de la autodeterminación que puede abocarnos a la independencia? Pues de momento sólo Artur Mas, nuestro surfista más intrépido quien, más o menos bien asesorado y acompañado, ha osado tomar la iniciativa, vestirse de neopreno e ir directamente hacia la cresta de la ola. ¿Conseguirá conducirla a la playa de la independencia? ¿Tendrá que conformarse con la cala de la autodeterminación federal? ¿O será revolcado y perecerá ahogado en el seno salado de la ola cuando ésta rompa al llegar a la costa o pierda empuje? Se acerca un hito histórico para saber si efectivamente Mas se incorporará al Asgard catalán como un as del surf.



[i] En catalán, la palabra para ‘ola’ es ona, idéntica para lo que en castellano se llama ‘onda’. De hecho, una ola no es otra cosa que una onda en el agua.

Artur Mas, el surfista, i l’onada independentista



Hi va haver un temps que als cracs se’ls deia asos. La denominació no quedava restringida al món de l’esport, sinó que n’emparava d’altres entre els quals hi ha el que fou fa mil·lennis la font que originaria l’esport. L’esport és avui una professió, una forma de lleure saludable o un entreteniment de masses, però s’inicià com un conjunt de disciplines per mantenir-se en forma en temps de pau o durant les treves bèl·liques. En la guerra està l’origen de l’esport, com sap qualsevol que s’hagi delectat amb la lectura de La Ilíada, i així ho delata el llenguatge que utilitza. Hi ha arxifamosos asos de llegenda com l’aviador alemany Manfred von Richthofen ─el Baró Roig─ o el pilot argentí de Formula 1 Juan Manuel Fangio. També el nedador nord-americà d’origen austrohongarès Johnny Weissmüller ─el millor Tarzan del cinema─ fou un as de la natació. Tots ells serien cracs si haguessin aconseguit llurs proeses avui. 

Però avui vull parlar d'asos, no de cracs; no sigui que origini un catacrac. ("Catacrac: onomatopeia per a representar el soroll que fa una cosa que es trenca, que cruix, per a indicar una ruptura, etc.” Diccionari de la Gran Enciclopèdia Catalana, DGREC). M’ha inspirat aquesta reflexió sobre els grans individus que sorgeixen de tant en tant en les tribus humanes la metàfora de la gran onada ─tsunami, tal vegada─ amb què els mitjans de comunicació es refereixen al rebombori independentista català.

L’onada 

La definició d’ona és molt complexa i abasta molts camps del saber però aquí pot valdre per la seva generalitat la següent, extreta del DGREC: “Forma d'energia que es caracteritza per un moviment vibratori de partícules en un medi determinat”. Hi ha ones a l’atmosfera, a l’aigua, a la terra i fins i tot a l’espai interestel·lar... menys buit del que ens afiguràvem. Tot és susceptible de vibrar. Els que som de litoral, estem molt familiaritzats amb les ones marines, que poden ser suaus o més potents i fins i tot violentes en una mar picada. Al mig de l’oceà, quan hi ha temporal, les ones es fan grans com edificis de molts pisos; tots n’hem vist, si més no a les pel·lícules. També s’han popularitzat els tsunamis o ones causades per terratrèmols submarins, que són rapidíssimes i a penes perceptibles a mar oberta però es frenen i esdevenen gegantines i destructives quan arriben a la costa. 

No sabem quin tipus d’ona oscil·la a Catalunya, si és un tren cadenciós i regular d’ones poc energètiques però persistents, si es tracta de les onades més violentes d’una mar brava o d’un tsunami en tota regla. L’11 de Setembre es van veure moltíssimes partícules que vibraven pels carrers de Barcelona demanant la independència. Tantes i tantes persones particulars com hi havia conformaven una gran massa de gent. No sé perquè les administracions i els periodistes s’entesten a quantificar els manifestants, si no són capaços de posar-se d’acord ni en el mètode de càlcul. Mentre no hi ha cap interès espuri en inflar o desinflar les xifres que indiquen la participació en un esdeveniment, tothom s’entén quan es diu que hi havia molta o moltíssima gent, o bé poca o quatre gats o que no hi havia ni déu. Resulta evident per a qualsevol observador, encara que s’ho miri des de la llunyania mesetaria de Madrid, que pels carrers de Barcelona hi havia moltíssima gent. No obstant això, ningú sap si l’impuls inicial del moviment per la independència es mantindrà, si es reflectirà d’alguna manera a les urnes el 25 de novembre, si beneficiarà CiU o ERC . L’únic que sembla clar és que la pluja de vots no regarà els horts del PSC ni el PP. 

Constatem, per ara, que s’ha originat espontàniament una onada motivada per les vibracions de la massa social catalana. Les causes profundes de l’onada són el sentiment nacionalista ─molt viu a Catalunya encara que no sigui necessàriament independentista─ i la fortíssima crisi econòmica que ha agreujat les tibantors amb la resta d’Espanya. Sembla possible que l’onada creixi i podríem aventurar que la major part dels surfistes estaven distrets a la platja perquè no se l’esperaven. Ni l’ERC de Carod-Rovira, la que més suport popular ha aconseguir en temps post transició (500.000 vots), podia somniar que tantíssima gent donaria suport a la idea de l’independentisme. ¿Què ha passat perquè una opció política des de sempre existent però clarament minoritària, si es vol residual, s’hagi convertit en poc temps en una realitat rampant capaç de treure la son a Madrid? ¿S’explica només per la crisi econòmica que, combinada amb el dèficit fiscal, ha convertit el matrimoni amb Espanya en un mal negoci? ¿Hi havia potents sentiments larvats en el cor del poble que només ara han pogut eclosionar? ¿És cert que la generació juvenil d’ara mateix no té els escrúpols i les traves mentals que enervaven les anteriors i es desinhibeixen arrossegant a l’acció els seus pares? ¿Té aquets moviment de masses l’energia suficient per perdurar o es consumirà cuita-corrents com un foc d’encenalls? No ho sap ningú però, a diferència de nosaltres, els ciutadans ordinaris, els nostres dirigents han de prendre posicions o s’arrisquen a ser exclosos del nou statu quo.

Des de l’11 de Setembre han passat ja més de dues setmanes. Hi ha polítics i partits que s’han mogut ràpidament i d’altres que segueixen esperant que les aigües tornin a mare. Mentrestant, a la resta d’España, s’han adonat que això va de veres i han reaccionat amb una prudència desacostumada. Tant les grans forces polítiques (PP i PSOE) com els mitjans de comunicació han estat sorprenentment mesurats. Algun passerell o passerella de vol curt i molt poder va pretendre inicialment renyar el poble català, però ràpidament l’hi van dir que no és això, companya, no és això. Les manifestacions dels pobles són el resultat de la unió de desenes de milers o de milions de voluntats individuals; i quan se n’ajunten moltes és difícil fer-los front. Si, com ara està passant, el moviment no obeeix a consignes preparades per les forces polítiques ni ha estat teledirigit des de dalt, sinó que més aviat brolla espontàniament de la gent i és estructurada per organitzacions cíviques, és fa difícil de manipular. Hi ha partits catalans, com el PSC, que han estat enxampats amb els pixats al ventre i d’altres com ERC que, senzillament, estan en hores baixes. De fet, tots els socis que van integrar l'infaust govern tripartit vaguen pel desert del Sinaí esperant un Moisès que els indiqui la ruta a la terra de promissió.

El surfista 

Però hi ha almenys un polític que estava en situació de jugar fort i ha gosat envidar. Artur Mas no ha fet senzillament el que tocava, no ha optat pel més fàcil, contra el que l’opinió general sembla afirmar. De fet, amb aquesta presa de posició s’hi juga molt més que ningú. Els seus col·legues dels altres partits catalans més aviat s’han mantingut a l’expectativa, donant per fet que Mas perdrà l’equilibri i serà engolit per l’onada (una onada que ell NO ha generat). A Madrid, si descomptem els òrgans de la caverna mediàtica, això ho tenen menys clar que a Barcelona. A dintre de la caverna, ja s’estan armant pel que pugui venir. En general, s'ha afermat la creença que a Catalunya hi ha una mar de fons molt més profunda del que ningú s’imaginava. Rubalcaba, si no vols per força, ja ha dit que està disposat a pedalejar cap al federalisme i, allò que fa quatre mesos ens venien com un tabú ─a saber, obrir la Constitució per modificar-ne les parts que calgui─, ara ja no ho és tant. ¡Com si no ens haguéssim adonat que recentment la van obrir amb nocturnitat i precipitació per ordre de Brussel·les i van retocar o afegir els articles que els van demanar sense protestar ni poc ni gens! 

No hi ha res sagrat en les coses humanes. Les fem nosaltres i les desfem nosaltres; les millorem tan sovint com les empitjorem. La perfecció no és d’aquest món. Seguir venent-nos la Constitució del 78, hipotecada com està pels que haurien volgut mantenir l’estat dictatorial després de la mort de Franco, com el paradigma de les cartes magnes occidentals és una insensatesa. En aquell moment, no és podia haver fet gaire millor, hi estic d’acord; però no és en absolut el súmmum de la legislació constitucionalista. La vertebració territorial d’Espanya és, sense anar més lluny, clarament millorable. Sembla que ha arribat l’hora de reestructurar l’estat sense posar límit a la voluntat consensuada dels pobles o de la ciutadania, com es vulgui anomenar el conjunt dels habitants d’una unitat territorial capaç d’exigir i exercir la sobirania amb responsabilitat. Si una Catalunya independent és viable econòmicament, si la independència és la millor sortida per superar els nostres problemes actuals, si és convenient jugar tan fort en plena crisi de la Unió Europea, etc. són dubtes que s’aniran aclarint a mesura que corri el temps i es prenguin determinacions. El cert és que ara mateix ningú pot contestar taxativament aquestes preguntes.

En aquestes condicions, ¿qui s’ha atrevit a cavalcar l’onada de l’autodeterminació que pot abocar-nos a la independència? Doncs de moment només Artur Mas, el nostre surfista més estrenu que, més o menys ben assessorat i acompanyat ha gosat prendre la iniciativa, vestir-se de neoprè i anar de dret cap a la cresta de l’ona. Aconseguirà conduir-la a la platja de la independència? ¿Es quedarà a la cala de l’autodeterminació federal? ¿O serà remenat i negat en el si de l’aigua salada quan l’onada trenqui en arribar a la costa o perdi embranzida? S’apropa una fita històrica per saber si efectivament Mas s’incorporarà a l’Asgard català com un as del surf.

dimarts, 11 de setembre del 2012

CÉSAR MOLINAS, Una teoría de la clase política española

Les recomiendo leer un anticipo del que será el próximo libro de Molinas y cuya publicación está prevista para el año que viene, escrito con el desparpajo y la lucidez de siempre. Léanlo, si les apetece entender algo mejor los achaques del sistema. Ahí va el enlace.

http://politica.elpais.com/politica/2012/09/08/actualidad/1347129185_745267.html

dijous, 30 d’agost del 2012

NEIL ARMSTRONG in memoriam


“…among the greatest of American heroes —not just of his time, but of all time. And when Neil stepped foot on the surface of the moon for the first time, he delivered a moment of human achievement that will never be forgotten.”
Con estas palabras se refirió el Presidente de los Estados Unidos de América (EUA), Barack Obama, al recientemente fallecido Neil Armstrong, el astronauta que se convirtió el 20 de julio de 1969 en el primer ser humano en pisar la Luna. Quizá pueda parecer una de esas exageraciones a las que son tan proclives los políticos cuando hablan en público, pero lo que sí es cierto es que Neil Armstrong encarna y simboliza como pocos la potencia del ingenio y la voluntad humanos.
De lo formidable que fuera el reto de ir a la Luna y lo inverosímil de su exitosa culminación no se ha hablado quizá lo bastante, pero parece ser que las probabilidades de la tripulación se igualaban bastante para las dos únicas posibilidades que realmente se contemplaban: alcanzar el objetivo o morir en el empeño. Fifty-fifty, por decirlo en el idioma de los protagonistas de la misión. Salió bien y ya nadie parece acordarse de los riesgos que entrañaba al filo de los setenta ─con unas tecnologías de materiales e informática que distaban muchísimo de las actuales─ salir de la atmósfera terrestre, viajar más de 400.000 km por el espacio exterior, alunizar en la superficie de nuestro satélite y salir del módulo lunar Eagle para dar un paseo y recoger muestras; luego, despegar de Selene y reunirse con la nave nodriza pilotada por Collins que se había mantenido en órbita para poder regresar a la Tierra, donde quedaba lo más difícil de la misión: la entrada en la atmósfera terrestre a una velocidad meteórica donde la fricción del aire debía frenar la cápsula antes de su no tan suave caída en paracaídas en algún punto del océano Pacífico. El riesgo de ignición y desintegración en toda maniobra de reingreso a la atmósfera es ciertamente muy alto. Sin embargo, todo salió a pedir de boca y hoy lo recordamos con razón como uno de los mayores logros de la ciencia y la tecnología que ha desarrollado el ser humano en su periplo por el planeta azul.
Por unos u otros motivos, con suma frecuencia se hace referencia a ese episodio culminante del siglo XX. En esta ocasión ha sido la luctuosa noticia de la muerte de Neil Armstrong la que ha vuelto los focos de nuevo hacia la carrera espacial de los 60. El realismo sobre las causas políticas y militares que permitieron el acelerón de la Agencia Espacial Norteamericana (NASA, en sus siglas en inglés) en la competición con la desaparecida Unión Soviética (URSS) no debería ser óbice para preservar el mérito de la investigación científica pura, el desarrollo tecnológico y el romanticismo aventurero que tantas veces ha sido enmascarado por los intereses económicos o estratégicos. Es cierto que el mayor interés del gobierno de John Fitzgerald Kennedy cuando se conjuró en 1961 para llegar a la Luna antes de que finalizara la década de los sesenta era político-militar. Quien dominara los cielos cobraría sin duda ventaja en la carrera armamentística que comandaban las dos grandes potencias de la Guerra fría. Y los cielos ya no quedaban acotados en los 100 km de esa fina película atmosférica que nos permite respirar y nos protege de las radiaciones cósmicas del exterior. La pequeña sonda soviética Sputnik inició los vuelos en el espacio exterior y, desde entonces, ya nada volvió a ser igual. Orbitaron la Tierra naves tripuladas y se fijó la Luna como meta. La inversión en dinero y talento para lograr ese objetivo tenía que ser descomunal y sostenida en el tiempo. Esa batalla, ahora lo sabemos, sólo podían ganarla los EUA. La URSS no disponía de los recursos económicos necesarios (¡hasta el 4,4% del PIB de la primera potencia mundial, se merendó el programa Apollo en algunos momentos!), de la masa crítica de talentos ni, por qué no decirlo, de la capacidad para conjuntar todas las piezas en un proyecto ilusionante para una nación entera. Con todos sus fallos y los demasiado frecuentes casos de manipulación de la opinión pública y corrupción que exuda el sistema democrático, adolece de las malformaciones genéticas que caracterizan a los totalitarismos, entre los cuales ha destacado especialmente el soviético por su extrema dureza y por su enconada incomprensión de la naturaleza humana. Una dictadura sirve mucho mejor que una democracia para mandar al matadero del campo de batalla a millones de soldados, pero no para generar libremente entusiasmo por un proyecto compartido. Las misiones espaciales constituyen un claro ejemplo de ello.
El programa Apollo involucró a más de 400.000 personas durante casi una década; prácticamente una por cada kilómetro que separa la Tierra de la Luna. Cuando Neil Armstrong apoyó su pie sobre la polvorienta regolita lunar para imprimir su huella indeleble en ella ejerció de vicario de todo ese ejército de colaboradores necesarios. No creo que haya habido ningún otro proyecto humano que haya precisado de una tan alta inversión de intelecto, tecnología y dinero como el programa Apollo. La construcción de las pirámides en el Antiguo Egipto, que quizá sí implicó a más individuos y por supuesto durante muchísimas más horas de trabajo que el programa espacial, no precisó ni mucho menos de la inteligencia, la inventiva y el espíritu resolutivo de decenas de miles de personas: bastaron unos pocos ingenieros y arquitectos para diseñarlas y algunos centenares de maestros de obra y artesanos para realizarlas. La mayor parte de las tal vez decenas de miles de obreros aportó su mera fuerza bruta y trabajo en el sentido más mecánico. Sin embargo, el proyecto Apollo precisó de una ingente cantidad de técnicos altamente especializados.
Parece fuera de toda duda razonable que la punta de lanza de ese complejo entramado eran los equipos de astronautas. Ellos eran los que arriesgaban sus vidas para lograr llevar a cabo el objetivo de la misión a cambio de tener el privilegio de ver la Luna de cerca e incluso de andar por su superficie. El alto riesgo de muerte que corren los elegidos para la gloria los convierte en héroes. De hecho, los tres integrantes del equipo Apollo 1 murieron abrasados en el interior de la cápsula de pruebas, aún en tierra. Ahora bien. ¿Se puede considerar a Neil Armstrong héroe en mayor medida que a sus compañeros de viaje Buzz Aldrin y Mike Collins? ¿No lo serían igualmente Aldrin o Collins si hubieran sido ellos y no Armstrong los designados por el alto mando de la agencia espacial para ser el primero? Estoy seguro que no fue una elección azarosa. La experiencia de Armstrong en la guerra de Corea con la US Navy, su formación como ingeniero aeroespacial y una dilatada práctica como piloto de pruebas en prototipos supersónicos lo colocaron en disposición de ser el líder de la expedición. A diferencia de sus dos compañeros de viaje, no era militar; quizá su condición de civil a sueldo de la NASA contribuyera a inclinar la balanza en su favor. La toma de decisiones difíciles con rapidez y responsabilidad exige autoridad moral sobre el grupo y parece que Armstrong la tenía. Sólo algún infortunado avatar ─para él, no para quien fuera el encargado de suplirlo─ habría hecho introducir cambios en los planes iniciales. Pero los avatares ocurren, como todos sabemos muy bien.
Podría aducirse algo que parecería reducir la dimensión heroica de los astronautas. A diferencia de otros héroes, como puedan ser guerreros o exploradores ─y quizá por la naturaleza misma de lo que exploran─ toman parte en un proyecto; pero no es su proyecto: no lo dirigen, no lo animan y ni siquiera lo idearon. Los astronautas son la parte más visible y vistosa, por lo menos la parte humana más eminente. Los enormes cohetes Saturno ideados por Wernher von Braun (sí, el mismo ingeniero aeronáutico alemán que había diseñado las bombas volantes V-2 para Hitler) son mucho más aparatosos, pero nadie cuerdo se identificaría con un cohete mientras que sí lo haría ─en realidad, lo hemos hecho todos─ con nuestros héroes de carne y hueso. Sin esos cohetes de más de 100 m de altura no hubiera sido posible conseguir la aceleración necesaria para escapar de la gravedad terrestre, y parece ser que sin el concurso de Von Braun no se hubiera logrado construirlos; por lo menos, no entonces. En fin, por más méritos que se le quiera reconocer a Armstrong, es posible que cualquiera de los otros treinta y un astronautas seleccionados y entrenados en el programa Apollo estuviera tan capacitado e ilusionado como él para llevar a buen puerto la misión… con aproximadamente las mismas probabilidades de éxito: sobre el 50%, según dicen. Pero fue él el designado y eso debe bastarnos.
Tomemos como contraejemplo para testar la heroicidad de Armstrong el caso de Cristóbal Colón, primer navegante ─al menos, el primero del que tengamos noticia─ que llegó al continente que se conocería unos años después como América y luego volvió para contarlo. Decimos, para simplificar, que Colón descubrió América. (La frase tiene retranca, desde luego, pero no me voy a centrar ahora en las mistificaciones que encierra.) Lo que quiero resaltar es que Colón, de quien no se conoce a ciencia cierta la nacionalidad, ciudadanía o procedencia ─a diferencia de Armstrong, nacido en Ohio y descendiente de escoceses y alemanes; norteamericano de pura cepa, vamos─, sí ideó, animó y dirigió su proyecto. Colón, ya fuera genovés, catalán o griego, tuvo una visión: “se puede llegar al este navegando hacia el oeste” o, lo que viene a ser lo mismo, dispuso de la información reservada necesaria para vislumbrarla. Para llevar a cabo la expedición, buscó financiación con ahínco en los reinos de su época más proclives a dársela. La Corona de Castilla decidió arriesgarse e invertir en el viaje y Colón pudo adentrarse en el Atlántico con tres naves enfilando el ocaso en busca de la tierra del sol naciente. Bien, sin el empeño de Colón, la expedición a América no hubiera tenido lugar; no en ese momento, al menos. Sin Armstrong, en cambio, otro pie hubiera pisado la Luna seguramente en el mismo instante en que lo hizo el suyo. Algo análogo al caso de Colón ocurre con Alejandro Magno y la fundación de su imperio o con Martin Luther King y Nelson Mandela en la lucha contra el apartheid. Todos son héroes en un sentido mucho más propio que Armstrong, puesto que de su espíritu emana la fuerza de su misión.
No obstante, sea o no un héroe, lo que Armstrong tuvo ocasión de hacer con 38 años fue realizar el sueño que miles de millones de seres humanos (y no sé si incluso de otros animales) han anhelado a lo largo de milenios. Él tuvo la oportunidad y supo estar a la altura (nunca mejor dicho) de ser el primero en hollar la Luna. El primero que nosotros sepamos; y en un sentido (aquí, ¡sí!) mucho más propio que Colón en las Indias occidentales. Desde mi infancia, cuando viví ese intenso y emotivo momento en directo con extraña lucidez y plena consciencia de estar contemplando un hito histórico, no he podido mirar jamás la Luna sin pensar en las huellas y restos de nuestra presencia que aloja. Y muy en particular en la archifamosa imagen, divulgada por doquier, de la primera pisada de Armstrong. No parece justo que los otros diez seres humanos que han caminado sobre la Luna después de Armstrong y Aldrin, en cinco misiones exitosas de las seis que siguieron al Apollo 11 (falló la 13, ¡vaya por Dios!), no gocen ni remotamente de la fama del pionero. ¡Ni siquiera su compañero de cordada Buzz Aldrin, quien se apeó del módulo apenas unos minutos después que Armstrong! Pero así son las cosas en el mundo de la alta competición. Recordemos que, en el fondo, se trataba de una carrera… aunque fuera espacial. Por no decir lo desdichados que nos parecen a su lado los otros doce astronautas agraciados con el viaje alucinante y que han orbitado la Luna. Los pobres tuvieron que resignarse a verla desde unos pocos quilómetros de altura. ¡Pero hombre!, si posaron sus ojos sobre el rostro oculto de Diana. ¡¿Cómo que tuvieron que resignarse?!
Sean o no esos astronautas unos héroes, ¿saben qué pienso en realidad? ¡Quién fuera uno de ellos!

diumenge, 22 d’abril del 2012

El elefante blanco



Ha ocurrido algo esta semana que ha logrado relegar a un segundo plano la información sobre la grave crisis económica que sacude a España. Ni siquiera la expropiación de YPF a Repsol por parte del Gobierno de la República Argentina ha tenido toda la atención que hubiera merecido en otro momento. No es que el asunto del Cono Sur sea baladí, ¡qué va! Aunque Repsol sea una empresa privada, representa los intereses de España en materia energética y es una petrolera de referencia incluso en Europa. Sus inversiones en Argentina no son moco de pavo, como muestra el artículo de Ignacio Vidal-Folch Repsol, ¿fiera predadora?, que aporta cifras al respecto que proceden ─¡atención!─ del Instituto Argentino del Petróleo y del Gas (IAPG). No parece que Cristina Fernández de Kirchner las haya tenido muy en cuenta, a la hora de tomar su decisión. De cualquier modo, no es mi intención defender a una multinacional de los combustibles fósiles ni atacar al Gobierno argentino. Por agresiva que haya sido la acción ejecutada contra Repsol y por más dudosa que nos parezca desde el punto de vista jurídico, estoy seguro de que aquel gobierno tendrá sus motivos. No sé cuáles son en realidad, ni si se ajustan a derecho, ni si los compartiría en el caso de conocerlos; pero los tendrá. Si no, no lo habría hecho. En unos años, veremos que dice al respecto el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), una institución del Banco Mundial con sede en Washington que es el organismo creado para arbitrar ese tipo de cuestiones. Me temo que en este caso, como en casi todo, es inevitable que cada uno arrime el ascua a su sardina y, así como los argentinos tienden a apoyar a su Presidenta o por lo menos a ser comprensivos con sus decisiones, los españoles se inclinan mayoritariamente por condenar la acción y al Gobierno de Buenos Aires en pleno. Aunque no secunden a Rajoy ni a su equipo. Las banderas deben pesar lo suyo, porque si ambos países pudieran intercambiar los yacimientos y las empresas, seguramente las opiniones mudarían al mismo tiempo y en el mismo sentido, ¿no les parece?
Dejemos tranquilos por ahora a los Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), pero sigamos en el hemisferio austral. La noticia bomba de la semana nos llegó de Botsuana, uno de los países más meridionales del continente africano. Hasta allí se había desplazado nuestro Rey para practicar uno de sus deportes favoritos: la caza mayor. ¿Y qué es lo mayor que se puede cazar sobre la tierra? Pues un elefante, efectivamente. Un elefante con su larga trompa y un buen par de colmillos bien merece un vuelo de casi 10.000 km. ¿Verdad? Por supuesto que el Rey de España no es el único aficionado del planeta a cazar elefantes, leones, búfalos, rinocerontes, osos, tiburones, renos o lo que se tercie pero que sea grande, muy grande. Y si tiene cuernos o grandes colmillos, mejor que mejor. Hay docenas de personas en el mundo, centenares o miles quizá, que comparten ese aguerrido hobby. De lo contrario, no existirían empresas que organizaran safaris para abatir fieras salvajes. Ya se sabe, aunque sólo sea por las películas y documentales, que se precisan medios materiales, expertos guías de campo, buenos hoteles con toda clase de servicios de lujo, aeropuertos cercanos y entretenimiento para las horas o días en los que no es posible cazar. No es difícil conseguir estas cosas si se dispone del dinero necesario, y la gente que acude a esos sitios no suele tener problemas de liquidez.
Pero resulta además que Nuestra Majestad viajó invitado ─parece ser─ por un magnate sirio con buenos contactos en el Golfo pérsico (siempre me ha llamado la atención el parecido de las voces 'magnate' y 'mangante'; y lo de golfo, por más pérsico que sea, también tiene lo suyo). Así que Don Juan Carlos no lo pagó de su bolsillo (ni del nuestro, parece ser). Lo de la repatriación ya debe ser otra cosa, nos digan lo que nos digan, por comprensibles razones de urgencia y seguridad. Pero no creo que el problema sea este gasto concreto que, incluso siendo elevado, es más bien insignificante en el cómputo general de los presupuestos del Estado. El problema es realmente otro, y por eso ha causado conmoción la noticia del accidente cinegético del Rey Juan Carlos I. El problema real es: ¿qué hacía el Rey cazando en África en unos momentos como los que España está viviendo? No hay respuesta que pueda esquivar la certeza de que la excursión fue una imprudencia temeraria. Y esa grave imprudencia, a diferencia de los frecuentes deslices que ha cometido el Rey durante su reinado, le puede costar muy cara. Su buen hacer el 23 de febrero de 1981 (aunque no todo sean luces sobre lo que realmente ocurrió esa noche aciaga en la Zarzuela) le dio crédito suficiente durante tres largas décadas, pero los errores se acumulan y parece que su aura está llegando al punto de saturación a pasos agigantados.
Desde mi punto de vista, la imprudencia no consiste tanto en la actividad que estaba ejercitando como en el hecho de ausentarse del país para un viaje privado de placer (sí, de placer, puesto que cazar le da placer, al igual que a muchos otros cazadores) con la que está cayendo dentro y fuera de la Zarzuela. Sé que lo políticamente correcto es ser animalista y, por tanto, condenar la caza mayor y la menor, así como cualquier trato a los animales que les cause sufrimiento o dolor. Pero, aunque yo no sea cazador y aún me remuerda la conciencia por los pajaritos que maté de niño con mi escopeta de aire comprimido, entiendo que haya mucha gente que sienta la llamada del monte, de la selva o del mar como la sintieron nuestros antepasados predadores durante decenas de milenios. La caza fue, antes que un deporte, una necesidad vital para nuestra especie de animales carnívoros. El filósofo Jesús Mosterín, a quien leo con interés y respeto como pensador, publicó un artículo muy duro sobre el Rey, la caza y las armas titulado  La real gana de matar. Con algunos puntos del escrito estoy de acuerdo y con otros, no. Con la caza me ocurre como con los toros: no me gusta el espectáculo taurino ni lo sigo; como no me gusta la caza y, en consecuencia, no soy cazador. No obstante, entiendo que haya gente que disfrute con esas actividades y respeto sus gustos y sus prácticas. Y puesto que los espectáculos taurinos y las prácticas cinegéticas están regulados por las leyes, con no tomar parte yo, me basta.
Al margen de sus gustos y de los objetos o actividades en los que los encuentre, el Rey fue terriblemente imprudente por irse de viaje de placer. Daría lo mismo que se hubiera marchado a esquiar a los Alpes suizos. Eso es todo. Y no es poco. La Familia Real está en el disparadero por muchos motivos. El más grave, sin duda, el asunto judicial en el que está envuelto su yerno, Iñaki Urdangarín, por mezclar los negocios privados con las arcas públicas. El papel del Monarca se hizo creíble cuando trascendió que años atrás había desterrado familiarmente a Urdangarín, aunque fuera en el exilio dorado de una sinecura ofrecida por Telefónica en Washington DC. Pero de todos modos, y casi tangencialmente, las actividades del yernísimo han salido a la luz. Flaco favor le ha hecho a la Corona, que cuenta con enemigos poderosos en nuestro país. Uno, que no es monárquico, como no es taurino ni animalista, siente grima ante algunos de los que quisieran un cambio en la forma de estado (por descarte, no queda otra que llamarlos republicanos). Juan Carlos me es mucho más simpático que la mayoría de ellos, aunque sea un viva la virgen de mucho cuidado y ostente el cetro con la legitimidad demediada desde que lo empuñara en 1975. Entendámonos: haber sido designado sucesor por el Caudillo, no es la mejor carta de presentación.
Si la Casa Real no actúa con cordura y buen criterio, lo que se va a debatir en breve es si España quiere ser un Reino o una República. El argumento económico no tiene demasiado peso, aunque el presupuesto de la Casa del Presidente de la República pudiera ser sensiblemente más bajo que el de la extensísima Familia Real. Si bien parece cierto que la Sangre azul no cotiza en la bolsa de valores del siglo XXI, también es verdad que algunos de los países desarrollados más cultos y prósperos en la actualidad siguen siendo monarquías. Véase el caso de las admiradas y envidiadas Holanda, Suecia y Dinamarca, el de la todavía gran potencia mundial Gran Bretaña y el de Noruega, la nación líder hoy, y durante años, de la clasificación de países según el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Al margen de su supuesto anacronismo, una buena razón argüida por los monárquicos era que los Reyes contemporáneos habían sido entrenados para ejercer la Jefatura del Estado en democracia desde la cuna, mientras que cualquiera puede llegar a ser Presidente de la República en unas elecciones libres. Algunos, y no sólo los antimonárquicos, creemos que lo primero falla muchas veces y, aunque lo segundo pueda ser cierto (véase el caso del último Presidente alemán dimitido o el de Rusia, Venezuela y Cuba, entre muchos otros), las personas que ejercen la presidencia de una república suelen gozar de un amplio consenso. El Rey de España acaba de ponérselo en bandeja de plata a sus enemigos. ¿Sabrán los republicanos sacarle provecho a esta ocasión de oro sin recurrir a argumentos soeces o a un populismo trasnochado y más propio de otras latitudes? Pronto lo sabremos. De todos modos, por si el Rey se hubiera convertido ya en un elefante blanco, Felipe de Borbón debería ir preparándose para el relevo.

dijous, 12 d’abril del 2012

JOAN MAJÓ, una opinió que pesa

Sempre val la pena llegir els articles d'opinió de Joan Majó. És un home que, tant per la intel·ligència i la formació que té com pels càrrecs que ha desenvolupat, disposa de les eines adequades per fer una bona anàlisi de la realitat política i opinar amb molt profit per al lector.

Us recomano que llegiu l'article Presupuestos 2012: unos errores y un engaño, publicat l'11/04/12 a EL PAÍS.

diumenge, 8 d’abril del 2012

Electrónico o no, un libro es un libro


Varios medios de comunicación se han hecho eco en el primer trimestre del presente año de los estudios de mercado que parecen indicar que en España no acaban de arrancar los eBooks, libros digitales o libros electrónicos. Se adquieren pocos aparatos lectores y aún son menos los libros que se compran en formato digital (para evitar confusiones, propongo denominar ‘libros electrónicos’ ─LE─ a los aparatos y ‘libros digitales’ ─LD─ a los contenidos; seguiré esta denominación en lo sucesivo). ¡Menuda sorpresa me he llevado! Y yo que creía que en ese campo, como en tantos otros de la electrónica de consumo, estábamos a la vanguardia del mundo mundial. Porque es bien sabido que nuestro país suele ser pionero en el consumo de todo tipo de gadgets o artilugios electrónicos. Sin embargo, ¿por qué nos resistimos al libro electrónico? Veamos:

En primer lugar, es cierto que tenemos la gran suerte de vivir en uno de los países del mundo con mayor consumo per cápita de Game Boy, PlayStation, Wii, iPod, iPhone, iPad, BlackBerry o cualquier cacharro electrónico que surja. Si los teléfonos inteligentes y las tabletas se han impuesto a los PC ha sido porque lo que la mayoría de los usuarios pretende de ellos es que le suministren entretenimiento: sacar fotos, escuchar música, jugar, chatear, navegar por Internet, visitar los muros de Facebook y twittear. Quienes necesitan el ordenador para trabajar ─como es el caso de los usuarios de programas de edición de textos, cálculo, diseño arquitectónico, bases de datos, composición musical, dibujo, etc.─ no pueden prescindir del PC o del Mac en sus más variados tamaños y prestaciones. Portátiles o de sobremesa, los ordenadores son insustituibles por tabletas y teléfonos móviles. No sabemos lo que está por venir pero, al menos por ahora, los ordenadores clásicos siguen siendo imprescindibles.

Se puede vivir y trabajar perfectamente sin Facebook ni Twitter, pero ya no sin Internet. Como se puede vivir razonablemente bien sin muchos de los electrodomésticos que invaden nuestras casas, pero ya no sin electricidad. No cabe argüir falazmente “bien que sobrevivieron nuestros antepasados sin electricidad durante la mayor parte de la historia”. Cierto, pero no vivían como nosotros lo hacemos. Y si podemos vivir así es, entre otras razones, porque hemos electrificado el mundo. Internet tiene pocos años de existencia y, no obstante, ha conseguido erigirse en una de nuestras principales señas de identidad cultural. Para lo bueno y para lo malo. Potencialmente, la red permite hacer muchísimas cosas; ahora bien, lo que hagamos en y con ella es cosa nuestra, de cada uno de nosotros.

En segundo lugar, tenemos también la terrible fortuna de que opere desde las mallas internáuticas de nuestro país una de las germanías de piratas más activas del planeta. En román paladino: pagamos por las máquinas, pero pirateamos los contenidos. Y además a gran escala. Sugiero que analicemos cuál es la esencia del libro electrónico para ver si logramos esclarecer el misterio de su impopularidad. 

Un libro electrónico es un libro que, en lugar de ofrecer palabras y oraciones formadas por caracteres impresos en una página de papel, representa esos mismos caracteres sobre una pantalla con un sistema llamado ‘de tinta electrónica’. A diferencia de las pantallas de cristal líquido que incorporan los ordenadores, tabletas y televisores, las de los libros electrónicos no proyectan luz. Para poder leer en ellas, hace falta una fuente de luz, ya sea natural o artificial. Sin iluminación ambiental, no hay lectura. Eso, que podría parecer inicialmente una desventaja, es su mayor logro, puesto que garantiza que se pueda leer el mismo tiempo en un libro digital que en uno de carne y hueso (perdón, de papel). Los ojos no se fatigan al recorrer las líneas en un LE, mientras que sí lo hacen ante la pantalla de las tabletas o los ordenadores. Quien haya tenido que leer largo rato de la pantalla de uno de los dispositivos mencionados sabe perfectamente a qué me refiero. Con el LE, eso no ocurre. Además, un mismo aparato sirve para leer tantos LD como se le carguen. Las baterías son de muy larga duración, ya que el consumo energético del LE es insignificante. Se pueden leer varias obras de mediana extensión en el LD antes de que su batería precise una recarga, doy fe.

Ahora bien, ¿de dónde provienen los contenidos, es decir, las obras que se leen en los LE? Pues de las librerías. Igual que los libros de papel, ¿de dónde, sino? Solo que los LD se venden telemáticamente en librerías accesibles a través de la red. Su compra es un poco engorrosa la primera vez, a causa de los protocolos que hay que seguir y los programas que es preciso instalar para evitar en lo posible las descargas ilegales (o legales pero reiteradas, para poder así leerlos en distintos LE). Es cierto que hay libros digitales gratuitos y que se pueden descargar limpiamente. Son aquéllos para los cuales han caducado los derechos de la propiedad intelectual. Pero en lengua castellana existen muy pocos (en catalán, muchos menos) porque alguien se habría tenido que encargar previamente de digitalizarlos y eso hubiera costado una inversión en tiempo y dinero. En inglés, en cambio, hay miles y miles gracias a la labor de escaneado masivo sufragada por la empresa Google, si mal no lo recuerdo.

Los libros escritos en estos últimos años están todos digitalizados pero, a pesar de ello, no todas las obras que se publican salen a la venta en formato electrónico (lo sé porque he buscado infructuosamente algunas obras recientes). Es de suponer que las editoriales ─quizá a instancias de los propios autores─ no los sacan por miedo a la piratería porque, de no ser así, no se entendería que renunciaran a unos beneficios que quizá sean modestos pero están exentos de cualquier riesgo inversor. El precio de un libro digital suele oscilar entre los 8 y los 12€ (es decir, son entre 6 y 10€ más baratos que los de papel). Si no hay gastos materiales de consideración (se ahorra el coste del papel, la tinta, el embalaje, el transporte y la distribución; ¡más el porcentaje de los libreros!) y el autor se lleva un 25%, parece que la editorial se queda con una buena tajada incluso después de pagar los correspondientes impuestos al estado (el IVA aplicable parece que será pronto del 4%). En cualquier caso, y con unos precios que son claramente reducibles, comprando libros digitales el lector ahorra dinero, peso y volumen. Digo el lector; para el bibliófilo no hay consuelo. Pero ésa es otra historia.

Y bien, ¿se entiende ahora porque en España no se impone el libro electrónico ni se venden libros digitales? Pues por las tres razones que siguen, efectivamente:
  1. Porque, a diferencia de los de papel, los libros digitales sólo sirven para ser leídos. Puesto que todo indica que en nuestro país se leen muchos menos libros que los que son adquiridos, quizá aún se compren libros para prestigiar al tenedor. Si los LD ni siquiera sirven para vestir las paredes de una estancia, ¿para qué van a comprarlos los que no tengan intención de leerlos?
  2. Porque los LE son los mejores aparatos únicamente para leer; para cualquier otra aplicación, los artilugios rivales los superan con creces.
  3. Porque nos hemos acostumbrado a no pagar por los contenidos digitalizados. Creemos que los libros, como ocurre con la música, no valen nada si no están en un soporte literalmente manipulable, manejable, material. Únicamente estamos predispuestos a pagar por los objetos que tengan masa o por el acceso a actos y lugares: viviendas, coches, comida, tabletas, discos, conciertos y campos de fútbol (aunque no le hacemos ascos a un simpa si se tercia); no lo estamos, sin embargo, para adquirir bienes de consumo intangibles tales como canciones, novelas o programas informáticos. Tal vez crean algunos que detrás de esos bienes no hay el talento, la creatividad, el trabajo y el esfuerzo denodado de muchas personas. Por eso los piratean sin ningún escrúpulo ni atisbo de piedad. De todas formas, no creo que los libros digitales constituyan un blanco predilecto para los bucaneros de las Antillas internáuticas… a no ser que creyeran poder sacar un día algún provecho económico de sus viles prácticas.


RAZONAMIENTO SEMIFORMAL EN CINCO PREMISAS Y UNA CONCLUSIÓN

1.     Si en un país no se leen libros, no se leen en papel ni se leen en pantalla.
2.    España es un país donde se leen más bien pocos libros
3.    Quien compre libros como adorno, dejará de hacerlo cuando no sirvan ya para ese propósito.
4.    Los LD no sirven para decorar; luego, si no hay que leerlos, no se compran (ni se piratean)
5.     Los LE sólo sirven para leer LD; luego, si no se quiere leer LD, no se compran LE (ni se roban)                                                                              
   Por tanto: El libro electrónico no acaba de arrancar en España (QED)